Por: Rubén Lasagno
Si algo faltaba para denigrar aún más a las Fuerzas Armadas del país el presidente Kirchner se encargó de ponerle el broche de oro con el nombramiento de Nilda Garre al frente de Defensa, un área que como tantas otras debe estar exclusivamente reservada para gente con capacitación en materia de política exterior, relaciones públicas y un profundo conocimiento de la problemática militar y estratégica, pero por sobre todo creo que la lectura que implica este cambio es más política que positivista.
Nilda Garré es una militante montonera ex mujer del montonero Abal Medina y su pasado ha sido utilizado por el presidente para demostrarle a los uniformados que el que manda es él y los montoneros que ha elegido en su defecto y por lo tanto es su potestad la de someterlos a cuanto capricho ideológico se le ocurra porque para eso llegó con el 22 % de apoyo ciudadano.
El cuadro de Videla bajado por las propias manos del máximo representante de la Fuerza subido a un banquito mientras dejaba el piso el orgullo y la dignidad y la imposición de una militante montonera en la conducción política de la cartera es un desafío flagrante, una bofetada de mano abierta en la cara de los que todavía (si los hubiera) ostentan la reverencia a las viejas costumbres militares, a los retirados que susurran entre si la valoración de la ofensa y a los más jóvenes a quienes les está diciendo que vestir un uniforme no engrandece ni compromete, es simplemente un ropaje que enmudece a quien lo luce en honor a la historia que mancharon y les hace pagar los pecados implícitos por lo que hicieron hace 30 años los viejos generales que ya no viven. Esto sin contar que interiormente Kirchner está convencido que no sirven para nada, que su existencia es irrelevante y quizás en el fondo sea este pensamiento una cuestión de estado porque junto Manem y Alfonsín se han encargado de destruir la moral y la institución sin ningún tipo de intenciones de reconvertirla o mejorarla en su sustancia. Por supuesto que los únicos buenos están del otro lado, precisamente de la filas donde hoy extrajo a la funcionaria de Defensa.
La llegada de Nilda Garré es un desafío desatinado de un presidente provocador y muy poco político, con una soberbia incontenible y un permanente deseo revanchista que se revela en el dispendio de ofensas sin sentido.
En tanto él se preocupa por reverdecer el césped de la memoriosa gesta montonera a la que nunca pareció aferrarse tan sublimemente cuando vivía en Santa Cruz, ha transformado al Ejército en una institución de límites difusos los cuales en función de “la integración a la sociedad” que repiten cada uno de los funcionarios de su harem como loritos, despliegan actividades de “colaboración social” o con el estado que en no pocas oportunidades ha merecido críticas y denuncias de las cuales aún no se ha repuesto el propio Bendini de su paso por Río Gallegos.
Hoy el ejército alquila máquinas viales, se ve involucrado de alguna manera en la obra pública, licita, compra y mantiene estrechos vínculos con empresas privadas y decide junto al estado provincial y nacional asentamientos y construcción de infraestructuras como si se tratara de un Ministerio más, sin que la sociedad civil tenga mucho derecho a entrometerse en las “cuestiones militares” que en este caso el propio gobierno se encarga de mantener lejos de la curiosidad de la gente.
Nunca existió convicción ni un esquema planificado de reconversión de las FFAA. Y muchos menos ahora que hay un presidente que las desprecia mucho más que los anteriores.
Posiblemente si fracasa Garré no dude en nombrar en su lugar a su madre putativa, Hebe de Bonafini, después de todo sería una acción congruente con la necesidad que siente Kirchner de molestar y crear discordias más que de generar consensos. |