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La vuelta a los partidos tradicionales y la desaparición de los Frentes que son fracasos anticipados

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Elecciones padrón - Foto: OPI Santa Cruz/Francisco Muñoz
Elecciones padrón - Foto: OPI Santa Cruz/Francisco Muñoz

(Por: Rubén Lasagno) – La disminución sustantiva de la popularidad y fuerza electoral de los partidos tradicionales en nuestro país, operó entre finales de los ´80 y 1998, eclosionando en la crisis del 2001, donde el peronismo y el radicalismo fueron los principales perdedores. 

Uno (el peronismo) por sabotear a su oponente político y otro (la UCR) por acceder al gobierno uniendo fuerzas con sectores de la centro izquierda, el Frepaso y otras organizaciones políticas menores, ante la debilidad propia para ganarle a su histórico contrincante.

En esa construcción sui generis, se resumió la esperanza de los argentinos que a la postre resultó en melange ideológicamente incompatible y cargada de egos, que se dio en llamar “Alianza para el Trabajo, la Justicia y la Educación”, simplificada popularmente en “La Alianza”, liderada por un hombre del radicalismo, pero sin identidad política propia, que en su vida fue un segundón y debe su increíble “éxito electoral” más que nada a los publicistas Agulla y Bascetti, que a sus propias condiciones de liderazgo. Se llamaba Fernando de la Rua.

Primera mala experiencia

La gente votó aquella propuesta innovadora de personas que parecían unirse para sacar el país adelante, pero en realidad se trataba de un grupo de oportunistas, aventureros y merodeadores de fondos público y poder, que se desvivían por morder una porción del Estado, en un país donde (se sabe) la justicia – en general – nunca llega para los delincuentes de guante blanco.

La esperanza duró poco. Por motivos endógenos, aquella Alianza colapsó antes de empezar a gobernar. El reloj interno de ese enjendro variopinto, no discrepó de lo que conocíamos como “peronismo” o “radicalismo” en estado puro; pero fue peor aún. Porque a los cortocircuitos internos de ese rejunte, se sumaron las operaciones de Duhalde, los kioscos y las corruptelas internas que comenzaron a mostrar su hilacha con los sobornos al senado para forzar ley de flexibilización Laboral en el año 2000, gracias a los fondos reservados que se sacaban de la ex SIDE a cargo del delincuente funcionalizado por la Alianza, llamado Fernando de Santibañez, a quien denunció formalmente Pontacuarto y el ex senador Cantarero por la distribución de plata robada de las partidas secretas, en el Salón “de los pesos” perdidos.

La aparición del “Mesias”

Argentina fue el único país que tuvo cinco presidentes en 11 días. La caída provocada de La Alianza, la renuncia de Chacho Álvarez y la salida en helicóptero de De la Rua, fue impulsada, armada y convalidada por el inefable Duhalde y su esposa junto a gobernadores del PJ. Los Duhalde, son los mismos que de vez en cuando algún canal o radio llama para que expliquen algo sobre el peligro que corre la “institucionalidad” en nuestro país, debido a la crisis de este gobierno. En como llamar al que te robó en tu casa, para que acomode los muebles y limpie lo que ensució, cuando entró a tu vivienda buscando la plata.

Y fue el mismo Duhalde que trajo a la mesa política nacional a Néstor Kirchner, una especia de “Mesias o un Redentor”, que el mítico peronista pensó podría manejar a su antojo y allí empezó otra historia.

Segunda mala experiencia

El kirchnerismo gobernó autocráticamente durante 12 años (2003/2015) y tras los dislates políticos, el robo al Estado y la existencia de una organización criminal para saquear al país que se lo llevaron en bolsos de a pedacitos, la clase política nacional dio origen a otra alianza: “Cambiemos”, luego “Juntos por el Cambio”, la unión del Radicalismo con el Pro, partido político nacido a instancias a Mauricio Macri unido a otros sectores como la Coalición Cívica, quienes se hicieron del gobierno en el 2015.

Si bien fue el primer gobierno “no peronista” en llegare al fin del mandato, los errores propios, la soberbia política de los “Ceos”, la subestimación del kirchnerismo/cristinismo y el desconocimiento del propio Mauricio Macri en muchas materias pendientes, entre ella la economía y el manejo ante la táctica abortiva de quienes llenaban la plaza de Mayo mostrando el helicóptero de cartón, lo debilitaron y salió eyectado por el voto popular.

Tercera mala experiencia

Y para suplirlo se armó otra alianza, pero esta vez falsa porque era el mismo partido kirchnerista que había dejado al país desolado en el 2015, conformando un remiendo con el sector “Justicialista-Peronista” que se dio en llamar “Frente de Todos”, pero era de uno solo: Cristina Fernández. Y ganó.

De esto último no vamos a opinar nada más, porque lo obvio se explica por si mismo. Lo estamos padeciendo y su flagrante fracaso es tan dramático como sufrido por el pueblo argentino que padece una inflación de más del 100%, una pobreza histórica, un desempleo jamás visto en vida política del país y una bancarrota sin precedente que puso a la argentina como el quinto país más pobre, más inestable jurídicamente y menos confiable en el mundo.

Game Over para las “alianzas”

La experiencia política en nuestro país, demuestra que las alianzas no sirven para gobernar, sino para ganar elecciones

El espectro atomizado de sus constituyentes, conformado por pequeños partidos que las componen, todos bajo un sector dominante que en general encabezan candidatos con mejor expectativas electorales que los “tradicionalmente votables”, conforman una plataforma con fuerza electoral suficiente para catapultar esa alianza al gobierno; pero lo que sigue no sirve. Las alianzas, tal lo muestran fácticamente en nuestra Argentina, no sirven para gobernar.

La asociación política de sectores sin puntos en común, no solo desde lo ideológico, sino desde lo procedimental y lo actitudinal, conspira contra el éxito en el corto plazo y sin que transcurra mucho tiempo entre el triunfo y los cortocircuitos internos.

Pero nada de eso sería un problema, si el nefasto resultado de esas mezclas políticas no recayera sobre todos los argentinos, como sucede hoy en la Argentina actual o lo padeciéramos en aquel olvidable 2001 o en el periodo de Macri. 

La ineptitud, la incongruencia, los celos, las diásporas que se generan, las incompatibilidades, las peleas internas y en definitiva la falta de objetivos comunes, un plan de gobierno o una estrategia común para sacar al país de la crisis y una actitud de servicio ausente en cada uno de ellos, en vez de una vocación desmedida por asumir el poder, forma el coctel apropiado para llevarnos al fracaso.

La diferencia entre las alianzas y los partidos puros, es que en los primeros si bien se culpa del fracaso a quien encabeza la fórmula, ciertamente de allí para abajo se diluye, repartido entre tantos sectores políticos que, cuando uno de ellos se separa (a pesar de ser responsable de la crisis) queda ante la opinión pública como el sector “disidente” y en muchos casos, suelen ponerse a salvo de las esquirlas de un voto opositor o del castigo en las urnas o el voto bronca.

Cuando quienes ganan son los partidos tradicionales, no solo el/los que encabezan la fórmula son responsables visibles, sino (además) ese partido se transforma en la representación pura de su gobierno. Si es bueno, podrá reeditar la epopeya, pero si resulta un fiasco, hunde el barco partidario sin excepción, como le pasó ya al radicalismo y al propio peronismo en la historia reciente.

Sin embargo, las alianzas han demostrado que al menos en Argentina, no sirven para ser gobierno. No es casual que en la provincia de Chubut, recientemente y como lo informó OPI, la UCR haya iniciado un proceso de desvinculación del PRO y busca trazar un camino propio en las elecciones del 2023.

Ante el fracaso de las alianzas políticas, será la habilidad y honestidad de los partidos tradicionales reinventarse y ofrecer cada uno su alternativa, recomponiendo la confianza en un electorado que ha perdido la fe en quienes se ofrecen para representarlos o perecer en el intento.

Así como se ofrece la política nacional, ya no va más. No hay destino si el votante no puede elegir claramente entre quienes se proponen para sacarnos de la crisis permanente y los oportunistas, incapaces y ladrones que vienen filtrados en este composé “ideológico” que nos proponen campaña a campaña con promesas de ser mejores y conformar un seleccionado de “científicos” lo cual, con el corto andar, demuestran que no pueden gobernar ni sus propias vidas.

Sin embargo nada se va a solucionar si la clase política no está conformada por hombres y mujeres que dejen de mirarse el obligo y alguna vez, piensen en la política como un servicio y no para servirse de ella. (Agencia OPI Santa Cruz)

8 COMENTARIOS

  1. Lamentablemente la “clase” política solo piensa en salvarse. Alguno tiene dudas que en lo más íntimo de sus “andanzas” no terminan siendo todos socios los “oficialistas” y supuestos “opositores? Solo van por dos cosas: poder y choreo. No les interesa en lo más mínimo los problemas de la sociedad que siguen siendo los mismos de hace más de 30 años y cada vez se agraban más.

  2. Yo vivi todos esos procxesos y puedo confirmar que es asi: no sirve ni las alianzas ni la clase politica argentina. Ambos a la MIERDA

  3. HAY K DEJAR K GANE EL OFISIALISMO Y SE KOMAN ELLOS EL GARRON K ESTAN DEJANDO….Y HASERLOS MIERDA EN LAS CAMARAS…..ASI LA GENTE TAMBIEEN DE UNA VES DEJARA DE VOTAR A LOS BOSTAS KIRNERISTAS

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