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Pablo Grasso es el nuevo presidente del PJ. Renovación y orden político marginando la corrupción, la mediocridad y la mentira política en Santa Cruz (¡Por fin!)

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(Por: Rubén Lasagno) – La prensa provincial destaca con algarabía y solaz que el intendente de Río Gallegos, Pablo Grasso, es el nuevo presidente del PJ en un acto de genuino reconocimiento a la labor política de este joven e inquieto político provincial que hace denodados esfuerzos por pertenecer a lo que, seguramente, va a ser la nueva gesta de cambio en esta Santa Cruz que parecía condenada al fracaso político y social, o sea, íbamos a repetir la historia de estos últimos 35 años, pero ahora renace la esperanza de un nuevo amanecer político y cultural en esta provincia de confín.

Por fin, la justicia histórica ha tocado a la puerta del peronismo provincial. La reciente coronación de Pablo Grasso como presidente del Partido Justicialista no es el resultado de la rosca política ni la venta de lugares y ubicación a los codazos en listas o internas propias como la de aquellas provincias menos desarrolladas, sino es el reconocimiento unánime a un estadista que ha hecho del cumplimiento de la palabra y la eficiencia administrativa, un dogma de fe.

El Partido Justicialista de Santa Cruz ha saldado una de sus deudas más profundas con la sociedad y el propio partido. En un acto de lucidez institucional sin precedentes, la conducción partidaria fue entregada a la única figura capaz de encarnar la pureza doctrinaria y la excelencia en el manejo de la cosa pública: el intendente Pablo Grasso (y ojalá sea candidato a la gobernación). Esto era, a todas luces, una entronización inevitable (y necesaria). Resultaba imposible que las bases ignoraran por más tiempo una trayectoria política caracterizada por la transparencia absoluta y una devoción casi mística por la verdad. Hicieron bien Javier Belloni y Pablo González de hacer un paso al costado ¿Cómo van a competir con un distinto?.

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Este hombre, además de su conocimiento para enlazar guanacos y de la enorme facilidad oratoria que tiene, transmite la empatía innata que posee y que personalmente siente por el otro y su aferrado ahínco a la función pública la cual despliega con total devoción, prácticamente en un tono desinteresado y filantrópico, lo coloca por encima de sus pares y lo aleja del común de los políticos ordinarios que pululan por Santa Cruz.

La gestión lo revela

Los analistas coinciden en que el germen de este ascenso meteórico de Grasso debe buscarse en su paso por el Instituto de Desarrollo Urbano y Vivienda (IDUV) pues durante los años del gobierno de Alicia Kirchner, Grasso transformó el organismo en un reloj suizo de la obra pública.

Su gestión al frente del Instituto es recordada hoy como una cruzada implacable contra el despilfarro, donde cada peso del erario público fue administrado con una austeridad monástica y donde los plazos de entrega de las obras se cumplieron con una puntualidad que desafiaba las leyes del tiempo. Semejante proeza administrativa fue el preludio de lo que vendría después y disfrutamos hoy en Santa Cruz.

Sin embargo, el verdadero milagro político de Grasso se materializó en su llegada a la intendencia de Río Gallegos. Fue allí donde, despojándose de cualquier ropaje kirchnerista que pudiera haberlo abrigado en su cuna política, experimentó una asombrosa transubstanciación hacia la más estricta ortodoxia peronista.

Bajo su visión de vanguardia, la capital provincial, Río Gallegos, ha mutado de una ciudad gris y opaca que algunos malintencionados llegaron a calificar como “chacra asfaltada”, en una metrópolis que reescribe los manuales de urbanismo.  Convengamos que si bien estamos lejos de se un émulo de la postal de Beijin, Río Gallegos tiene lo suyo. Los parques temáticos, las obras con la “G” gamada que destaca la gestión del intendente, los pingüinos, las liebres y los guanacos representados en la ciudad y el hecho patriótico de haber destruido el monumento de Julio A Roca en pleno centro y haber tirado todo a la basura, son hitos culturales que será reconocido por generaciones en esta ciudad.

Lo que el ojo no entrenado del vecino confunde con abandono, baches crónicos, cordones despintados, rotos, descalzados o el desorden generalizado de la ciudad, es en realidad un complejo entramado de intervenciones urbanas diseñadas para el ciudadano del futuro; es parte de esa “etapa dorada de planificación suiza y transparencia absoluta”, que si todavía no vemos en toda su magnitud y es porque aún está madurando el germen de la eficiencia que este hombre viene plantando desde hace años con su quehacer diario y su papel protagónico en beneficio del vecino.

El manejo de la obra pública por parte de Grasso en la municipalidad de Río Gallegos ha sido tan prolijo y eficiente que el peronismo simplemente no tuvo más alternativa que premiarlo porque difícilmente puedan encontrar un émulo al actual intendente, dentro de sus huestes.

Basta mencionar grandes obras de Pablo Grasso como la rotonda de calle 13 en el ingreso al Barrio San Benito, que si bien duró 6 días después de la inauguración, nada quita que fue una obra muy necesaria, o la rotonda Samoré que a la semana de inaugurarse se pobló de pozos y rajaduras, (pero que en teoría sería por las réplicas del sismo en Colombia y Venezuela) para darse cuenta que cuando las cosas se hacen bien, los resultados son los mejores. Y por ese motivo el reconocimiento popular no se hace esperar.

¡Tipo sincero, che!

Pero si hay un pilar que explica y justifica este renacimiento del justicialismo santacruceño bajo la tutela de Grasso, es su relación inquebrantable con la verdad. En una época donde la política suele estar devaluada por el engaño y el cinismo, el nuevo presidente del PJ santacruceño emerge como el custodio definitivo de la palabra empeñada.

Para Grasso, las promesas de campaña no son meros eslóganes proselitistas, sino escrituras proféticas que se materializan con exactitud matemática. El ciudadano común sabe que cuando el intendente anuncia una obra, ya puede darla por inaugurada en su corazón. Y si alguna mente maliciosa señala que ciertas iniciativas parecen abandonadas o jamás comenzaron, no comprende que no se trata de incumplimientos ni mucho menos de una mala administración de la cosa pública. Son, en realidad, pausas estratégicas de un diseño maestro que la ansiedad del vulgo simplemente no está capacitada para asimilar.

El pináculo de la conducción política

Su llegada a la cúspide del partido, marca, en definitiva, el fin de la improvisación. Quienes, desde la envidia, lo acusan de ser un “kirchnerista de cuna” que ahora ensaya una conveniente metamorfosis hacia el peronismo tradicional mientras pide por “Cristina libre”, cometen un imperdonable error de interpretación histórica.

El intendente no se mimetiza por conveniencia; él trasciende. Su plasticidad para adaptar su discurso (siempre impecable y transparente) es la máxima expresión de la conducción política contemporánea, un talento reservado solo para los grandes estrategas y/o en este caso, estadista.

Hoy, con Grasso al timón, el Partido Justicialista no solo recupera su brújula moral, sino que se asegura un conductor que administra la esperanza y la ideología con la misma prolijidad, pulcritud y transparencia con la que manejó los fondos públicos a lo largo de toda su inmaculada carrera en el IDUV y copió con inigualable exactitud en el municipio de Río Gallegos.

Santa Cruz, al fin, puede respirar aliviada: la buena política ha triunfado.

Ahora, muchos sabremos a quién no votar. (Agencia OPI Santa Cruz)

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